
Dos de Mayo de 1808, una fecha que nos debe de servir como profundo ejercicio de reflexión, más aún en el presente año en el cual se conmemoran doscientos años.
Mientras los afrancesados e ilustrados, nobleza, gran parte del ejercito y la cúpula de la Iglesia miraban para otro lado, el pueblo ejerció su derecho de defender su patria. Defendió sus calles, sus tiendas, sus negocios, sus tierras, sus gentes, sus creencias…en definitiva, todo aquello que constituye la patria del pueblo frente al significado propio de la patria política o militar.
Daoíz y Velarde arriesgaron sus graduaciones y sus propias vidas por defender al pueblo, el cual se encontraba desvalido de apoyo militar, y ambos constituyen dos símbolos de la verdadera y cruda historia de España.
Tenemos la responsabilidad de analizar esta efeméride, por un lado como el máximo exponente de la dicotomía del hombre ante los hechos que se le presentan y por otro como bandera en pro de la abolición del maniqueísmo de las ideas. Los españoles de aquel tiempo reaccionaron con bravura, responsabilidad y orgullo porque no se podía permitir que se instauraran libertad e igualdad sin ser platos cocinados y degustados por los propios españoles. Ambas podrían ser exquisitas viandas dignas del mejor “gourmet” francés, pero no valía la pena que vinieran de afuera a decirnos lo que debíamos comer.
Cuatro años después se firmó la Constitución de Cádiz, la cual podría haber cambiado los designios del país de manera muy importante, pero se disolvió como un azucarillo. “¡Vivan las caenas! y la Pepa se fue por donde había venido, agachando la cabeza y con su nombre de manola de Lavapiés o de posadera del barrio la Viña, echó las enaguas al aire y la capa sobre los hombros mirando de reojo el camino hecho y con la esperanza de que algún día volvería a recorrerlo . Por el mismo camino que se fue la Pepa vino el Real Decreto del 4 de Mayo de 1814, acabando así con las esperanzas de los que creían en la abolición de la monarquía absolutista y la sociedad señorial. La Pepa nos trajo, entre aroma a salitre y antiguos abordajes marineros, un aire fresco de modernidad y libertad que pudiera haber sido equiparable a las de las grandes potencias europeas de su tiempo ¡Pero que ilusa que era esta Pepa!
España quiso “caenas”, quizás trasladándolo a nuestra época serían las “caenas” del PERT, las “caenas” de un cuarto de siglo de populismo de saldo en Andalucía, las “caenas” de la ignorancia y del borreguismo más infamante, las “caenas” de la educación deficiente, las “caenas” de una clase política que nos gobierna con el despotismo inherente a su propia incultura.
Doscientos años después el pueblo sigue amando el frío tacto del acero de las cadenas. ¡Vivan las “caenas”! Que si, pero conmigo que no cuenten.
Mientras los afrancesados e ilustrados, nobleza, gran parte del ejercito y la cúpula de la Iglesia miraban para otro lado, el pueblo ejerció su derecho de defender su patria. Defendió sus calles, sus tiendas, sus negocios, sus tierras, sus gentes, sus creencias…en definitiva, todo aquello que constituye la patria del pueblo frente al significado propio de la patria política o militar.
Daoíz y Velarde arriesgaron sus graduaciones y sus propias vidas por defender al pueblo, el cual se encontraba desvalido de apoyo militar, y ambos constituyen dos símbolos de la verdadera y cruda historia de España.
Tenemos la responsabilidad de analizar esta efeméride, por un lado como el máximo exponente de la dicotomía del hombre ante los hechos que se le presentan y por otro como bandera en pro de la abolición del maniqueísmo de las ideas. Los españoles de aquel tiempo reaccionaron con bravura, responsabilidad y orgullo porque no se podía permitir que se instauraran libertad e igualdad sin ser platos cocinados y degustados por los propios españoles. Ambas podrían ser exquisitas viandas dignas del mejor “gourmet” francés, pero no valía la pena que vinieran de afuera a decirnos lo que debíamos comer.
Cuatro años después se firmó la Constitución de Cádiz, la cual podría haber cambiado los designios del país de manera muy importante, pero se disolvió como un azucarillo. “¡Vivan las caenas! y la Pepa se fue por donde había venido, agachando la cabeza y con su nombre de manola de Lavapiés o de posadera del barrio la Viña, echó las enaguas al aire y la capa sobre los hombros mirando de reojo el camino hecho y con la esperanza de que algún día volvería a recorrerlo . Por el mismo camino que se fue la Pepa vino el Real Decreto del 4 de Mayo de 1814, acabando así con las esperanzas de los que creían en la abolición de la monarquía absolutista y la sociedad señorial. La Pepa nos trajo, entre aroma a salitre y antiguos abordajes marineros, un aire fresco de modernidad y libertad que pudiera haber sido equiparable a las de las grandes potencias europeas de su tiempo ¡Pero que ilusa que era esta Pepa!
España quiso “caenas”, quizás trasladándolo a nuestra época serían las “caenas” del PERT, las “caenas” de un cuarto de siglo de populismo de saldo en Andalucía, las “caenas” de la ignorancia y del borreguismo más infamante, las “caenas” de la educación deficiente, las “caenas” de una clase política que nos gobierna con el despotismo inherente a su propia incultura.
Doscientos años después el pueblo sigue amando el frío tacto del acero de las cadenas. ¡Vivan las “caenas”! Que si, pero conmigo que no cuenten.